viernes, 6 de mayo de 2011

Plátano Macho


Pequeñas crónicas de la crisis…
Plátano Macho
Vinicio Portela Hernández
Marianito es un niño de apenas 12 años, a su edad tiene la estatura de un infante de siete, su desnutrición es tal que sufre frecuentemente de crisis de anemia, él junto con sus menores tres hermanos viven en una choza construida con pedecería de madera y láminas de cartón en compañía de su madre que se dedica a la venta de carbón y su padre que es un peón de albañilería.
Diariamente, Marianito y sus hermanos, bajan por un sendero entre los matorrales que cubren las invasiones que se encuentran tras la colonia Cruz con Casitas de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, para comprar algo de alimento en un centro comercial que se encuentra sobre la Calzada al Sumidero.
El niñito, a pesar de su condición física es un pícaro, demuestra inteligencia y astucia, esto lo aprovecha para conseguir algunos víveres entre los usuarios del súper mercado.
-Psss!, tía, regaláme algo pá comer- dice en tono de tristeza Marianito a una señora entrada a la tercera edad. Se pone enfrente de ella y estira la mano sucia, llena de hollín que dejan los carros en el estacionamiento.
La dama responde con un no rotundo y sigue su paso, sin embargo Marianito no se da por vencido y deja caer su cuerpo sobre el carrito de los comestibles, como si se hubiera desmayado. La señora mira con preocupación al chamaquito, que se agarra el abdomen en un gesto de dolor, que más bien pareciera que le habían clavado un puñal.
La mirada de los demás personas recae sobre la nueva anciana, que levanta a Marianito. Le dice -¿estás bien mijo, qué te paso?-
A lo que él responde, -es que tengo mucha hambre tía-
En ese momento, la señora, para curar sus culpas, agarra una de las bolsas y empieza hacer una pequeña despensa, galletas Marías, café soluble, azúcar, dos latas de frijoles, arroz, tres plátanos machos y un jabón de baño que al parecer lo dejo por equivocación.
Amarro muy bien la bolsa y se la dio a Marianito, feliz el niño alcanzó a sus padres, que ya iban rumbo a su casa.
Ya más tranquila, la anciana va a su carro y deja en la cajuela lo que le queda de las compras, se dispone frente al volante y se encamina hacia su casa en la colonia Maya y ve a lo lejos que va el pícaro muchachito, que saltando de alegría le enseñaba a sus padres lo que había conseguido de la ilusa señora.
Ella sabedora en ese momento de que fue una treta del niño, sonríe esperando que esos alimentos puedan servir para consolar el hambre de la familia.
En tanto que Marianito, le entrega su botín al padre, al tiempo que quiere sacar de la bolsa un plátano macho para compensar las dos tortillas tostadas con sal que se desayunó.
El papá no deja que el muchachito cumpla su cometido, arrebatando la bolsa con dureza le dice, -deja ahí muchacho cabrón, te voy a dar una chinga-, Marianito no podía comprender del acto de su padre, pese a que no era la primera vez que ocurría, y se alejó buscando el consuelo de su madre, -voz no entendés que tu padre está cansado y necesita dormir, en verdad que sos sonso-
-Dejáme comer uno de los plátanos- dijo Marianito, -yo lo conseguí gratis, ¡apué amá!-
Los otros tres hermanos apoyaron la petición, pero los padres no hicieron caso a la suplica, mientras que el progenitor revisaba los comestibles y separaba las galletas Marías, el azúcar y el jabón de baño, se acercó a una vinatería que se encuentra en la primera curva de la Calzada al Sumidero, luego de un restaurante de barbacoa, en una esquina de la calle que conduce a la colonia Natalia Venegas.
Ahí converso con el dueño del negocio, el cual conocía al papá de Marianito, por su asiduo gusto por el alcohol, -Compadre, dame una botella de Charrito, te lo cambio por estas madres-, el tendero sabiendo de que con tan solo el azúcar pagaba el precio del licor no dudo en otorgárselo.
-Sale mi buen, pero esta es la última vez que hacemos cambalache, ¡wuey!-
Los ojos de los niños se llenaron de lágrimas, pero el de Marianito en cerraba un odio, el cual no se puede comprender en una persona de tan corta edad, pero él recordaba como en otras ocasiones su padre había hecho lo mismo de emborracharse en vez de darles alimento.
Entre paso y paso y tragos tras tragos, llegaron a su humilde choza, Marianito esperaba algo de comer, al igual que sus hermanos, pues todavía venían los plátanos machos en la bolsa que le regalo la anciana.
Mientras su papá regaba un poco de petróleo alrededor de la vivienda, para espantar a los insectos que invaden esos territorios por la noche, los niños ya discutían sobre que parte de la fruta les tocaría.
La madre, terminó de acomodar unos troncos y leña que tenía apilados y que no cayera petróleo sobre ellos, al terminar sus labores entraron a la casa, donde los padres de los niños hicieron un poco de café con alcohol y se terminaron la botella de Charrito.
Los niños se escondieron en una caja de cartón, sabían el desenlace de la borrachera, una pelea, esta vez no fue la excepción y como siempre se golpeaban hasta desmayarse.
Para Marianito fue peor, la comida que había conseguido fue lo que sirvió para que se embriagaran sus padres y que los plátanos que tanto deseaba se encontraban batidos entre los escombros del pleito.
Sin importar que tan sucios, llenos de tierra y ceniza, los muchachitos lavaron la fruta con un poco de café que quedo en un pocillo y se lo comieron como si se tratara del más rico manjar que hayan probado.
Marianito miraba con  rabia a sus padres, que inconscientes descansaban en sus fluidos, tomo a sus hermanos de la mano y los sacó de la habitación hacia el terreno baldío.
Agarro una caja de cerillos que traía en el bolcillo su pantalón viejo y sin pensarlo encendió la choza, que estaba rodeada de petróleo.
En el rostro de los muchachitos no se podía ver ningún tipo de expresión, solo el recorrer de algunas lágrimas en sus mejillas que se iluminaban de un color amarillo proveniente del fuego y limpiaba la mugre que cubría su faz, mientras el hedor a muerte los inundaba cual nube liberación.
Marianito ahora ya tiene 14 años y con sus hermanos sobreviven de las sobras que le entrega la gente, trabajan en la calle recogiendo basura entre las colonias populares de nororiente de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez y no guardan ninguna marca de ese trágico suceso, sólo al ahora adolescente, se le puede leer en un tatuaje sobre el hombro, plátano macho que resalta al abrazar a sus hermanos.